instantáneas – 1

1 – Instantáneas

Por Dita-F

“There’s nothing you can do that can’t be done.

Nothing you can sing that can’t be sung.

Nothing you can say but you can learn how to play the game.”

All you need is love, Lennon/McCartney, 1967.

 

¿Cómo dejar pasar lo que tiene que pasar, tal vez atravesarnos y desaparecer en la noche de los tiempos? ¿Cómo hacer para que no duela y volver a sonreír liviana, sin máscaras, y conquistar esa risa sonora, contagiosa, que mi abuelo decía que yo tenía? ¿Mi risa seguirá siendo contagiosa? ¿O se habrá convertido en un gesto detestable por ser una burda imitación de mi risa de los cinco años? Terminé de enjuagarme el pelo: demasiadas preguntas para una mañana de lunes.

Además, las preguntas sin respuesta no me llevan a la calle. Y tengo que vestirme rápido si no quiero llegar tarde a la oficina.

Ya vestida abro la puerta: la calle, las bocinas, y yo con el pelo mojado. Dicen que en Italia salir con el pelo mojado es muy de mal gusto. Y en España, desperezarse en público. Acá, es vulgar tomar el fiambre con la mano; en España, no hacerlo. Si estuviera en Italia, me mirarían feo. Pero vivo en Buenos Aires. Hace frío; me mira la gente con piedad. Pueden creer que el pelo mojado es sinónimo de gripe.

tant pis pour moi

Puede sonar poético decir que escribo desde el desierto; tal vez una poética trillada y pasada de moda. Y al escribirlo, me doy cuenta de algo: esto no es el desierto. No es el desierto como metáfora de un lugar donde nada crece; tampoco es el desierto de ideas, porque ideas hay, pueden no gustarme pero hay ideas. No es tampoco el desierto como metáfora de la imposibilidad de la vida, porque en el desierto hay vida; y acá, que no es el desierto, también.

Pero la palabra desierto acecha.

No puedo dar las razones.

El desierto no es vacío, pero el vacío también acecha.

Es otra cosa que no sé qué es. Un sinsentido de correr para todos lados sin llegar a ninguna parte. De hablar y escuchar ochocientas palabras por segundo, en un segundo y darse vuelva, parpadear y que nada quede. Es la vidriera del espectáculo con mercancía a la venta al mejor postor. Es no saber dónde está la ley, donde la transgresión, la revolución, la sumisión.

Fachadas. Es la velocidad con que las fachadas parecen sucederse sin lógica, con consecuencias, que también caen en el olvido

crónica sin sueño – caleta olivia

Por Dita-F

Estoy en Caleta Olivia. Llegué el lunes a la noche a Comodoro. Crucé el piquete de los obreros de las petroleras sin inconvenientes y a eso de las 23 ya estaba en el hotel. El viaje entre Comodoro y Caleta es lindo para hacerse de día, porque la ruta bordea las mesetas que terminan en el océano. De noche es una ruta como cualquiera. Resuenan las palabras de todas las conversaciones con los compañeros de viaje. Viaje de trabajo. El último de esta serie. Porque cambio de equipo. Pidieron mi pase y acepté. Pensé que me iba a costar más desprenderme, pensé que cerrar este viaje iba a tener un gusto melancólico de despedida. Pero no. Lo que siento es liberación.

Hay algo hostil en Caleta: no es el frío, que no hace tanto; no es el viento, porque estos días no hubo mucho… es otra cosa que no logro identificar. Ahora que lo pienso, la gente sonríe poco. No sé qué quiere decir que no sonrían… en Buenos Aires, hay muchos profesionales de la sonrisa justa, incluso a veces exagerada. No sé. La gente habla poco con los “extranjeros”. Ayer creí que se rompía la regla cuando algunos salimos a fumar después de cenar. Charlábamos animadamente sobre cosas de gente de más de 35 con una chica de 25. Pelotudeces, del tiempo y de cómo cambia todo cuando nada parece moverse.  De ilusiones perdidas, cuya pérdida es motivo de alegría… En eso se acerca el mozo, de edad indefinida, era de esa clase de personas que muy probablemente a los 40 conquistó esa apariencia y logró conservarla; una apariencia que a los 40 tal vez lo envejeciera, pero que ahora desorientaba: podía tener 55, 60 ó 70 años. Bueno, el mozo se acerca y dice “a mí me pasa lo mismo”. Lo integramos a la charla de fumadores excluidos. Yo pensé que, bueno, por fin alguien nos habla. Pero el tipo era de Flores, porteño. Mozo porteño llegado hace poco, escapado de la “locura” –eso dijo- “la locura de vivir en Buenos Aires”. Un tema de conversación que se repite en cada una de las provincias en las que estuve.

Tal vez gracias a los diarios, a las noticias. Hace una hora que estoy en el bar del hotel, con un canal de cable de noticias que no para de tirar bombas con tono trágico, de fin del mundo en Buenos Aires. En Formosa, un taxista me contó que una vez tuvo que ir a Buenos Aires para unos estudios médicos; decía que caía la noche y no se animaba a salir del departamento y que de día caminaba sólo por las avenidas, que sentía terror de meterse por calles más chicas; me dijo “Formosa es suave”.

No digo que sea fácil vivir en Buenos Aires. A veces creo que para sobrevivir hay que bancársela, endurecerse. Buenos Aires es una ciudad de extremos. Pero si te caés, siempre va a haber alguien que te levante.

El mozo de Flores no tenía miedo de Buenos Aires. Reconocía que en Caleta es muy cara la vida, que los alquileres son inalcanzables, que es difícil conseguir casa, pero acá las cosas son previsibles. Que nadie se mete con nadie por la calle, que no viaja 2 horas para llegar a su trabajo.

Ayer tuvimos que ir a buscar a un profesor que llegaba desde Comodoro. El piquete, de día, no lo dejaba pasar. En el camino, la docente de Caleta que me llevaba me contaba que tienen problemas con los bolivianos que llegan para trabajar en los pozos. Problemas para entenderse. Que su hermana es maestra de grado y que el 70% de los chicos son bolivianos.  No detecté resentimiento, al contrario: me contaba que su hermana al principio tuvo problemas para entenderse con los nenes. Hablaban el mismo idioma pero no la entendían y se frustraba. Hasta ella comprendió que no tenían que entenderla, que era ella la que tenía que escucharlos. Ahí las cosas cambiaron, ellos la cambiaron. Pero no todos piensan así o lo viven de la misma manera. Otra docente dice con sorna: fui al supermercado y creí que estaba en otro país. Lo cierto es que la mano de obra boliviana es vivida como competencia desleal, porque es barata, porque aceptan condiciones laborales que otros santacruceños no aceptarían.

Así las cosas, llegué al piquete. Hice un tramo a pie al costado de los camiones, crucé los grupos de obreros tomando mate. Encontré al profesor y volvimos a Caleta.

Hoy a la noche vuelo a casa. Esto se termina. Se termina. Mañana o pasado subo fotos de este último viaje.

noticias de ayer

Por Dita-F

Estoy aburrida en el trabajo. La ciudad va rara: la influenza A, las peleas post elecciones y el frío. Qué hacer para que algo se mueva, si nada cambia y las cadenas asfixian despacito sin que me dé cuenta y se cierra el círculo cada vez más. Acorralada.maniquies invierno

Descanso, nada es tan grave después de todo y la sensación de fin de mundo es eso, sensación. Respiro: el aire sigue ahí.

atardecer en mi trabajo

Camino mucho estos días en que prefiero tomar subtes. Respiro: la maldición de evitar las grandes reuniones en lugares cerrados, para mí es lo contrario.

raiz en cruz

Sube la temperatura de mi oficina, sube la calefacción.  me suben los colores a las mejillas.  yo, como la ciudad, voy rara.

formosa 2

Por Dita- F

Formosa sin mosquitos. Pensé que iba a poder hacer tantas cosas con el tiempo libre de siesta que queda entre mañana y tarde, 3 horas, dije, para estudiar, leer, escribir. Lo cierto es que la mañana fue movida: de un lado a otro en auto, el aire acondicionado de la persona que me llevaba no llegaba a enfriar, el olor a off, el acecho del dengue, el sol, más calor… hacer media cuadra a pie y derretirse en lo que los formoseños llaman sin lugar a dudas, “otoño”. Cuando llegué al hotel, al aire acondicionado, ya no quería salir. Almorcé, fui a mi habitación y encendí la tele, vi un poco las noticias del 13 que gritaban dengue, dengue, dengue, dengue por aquí, dengue por allá, y debajo de tu cama… me dormí. Me desmayé. Cuando reaccioné Andrea Polliti gritaba en la pantalla “cantemos todos juntos”.

Otra vez al sol y al calor, pero como por arte de magia, por la siesta, habían pasado dos horas. Eran casi las 4 de la tarde. La luz más anaranjada, oblicua. Las piernas lentas. Como un mandato de conocer algo más que el recorrido del hotel a mi lugar de trabajo, decidí hablar con el taxista para conocer lo que ya sabía: que muchos viven del contrabando, que cruzan en barquitos al paraguay, compran mercadería barata, ropa, electrónicos, accesorios, lo que sea, y lo revenden aquí, en un mercado que queda cerca del río, pero también en los comercios. Es una ocupación más.

Tito, el taxista, vivió un tiempo en Caballito. Recuerda la locura de Buenos Aires y dice, para referirse a la vida formoseña “es suave”.

Hasta luego.

buenos aires – resistencia – formosa

Por Dita-F

Para viajar a Formosa enfrenté y superé varios obstáculos: mi experiencia horrible en el vuelo 1752, en septiembre de 2007, cuyo efecto fue una fobia que rivotril mediante, afloja; la psicosis mediática en torno al dengue; y problemas laborales de toda índole. Viajar en representación de un ministerio nacional en épocas pre electorales, presenta sus complejidades.

El viaje fue amable. Sin nubes, casi sin viento, con compañeros de ruta cerca que pasaban de vez en cuando un mate. Pero este viaje tiene una marca de final. Nunca más volveré a trabajar en esto que estoy haciendo ahora. Los proyectos se terminan, mutan, se vuelven otros, un poco más mediocres tal vez. Más funcionales a otras necesidades, y por ahí, más necesarios, pero con menos vuelo. Funcionales sí, pero no con garantías de que ello signifique alguna mejora sustancial.

Ahora estoy en una estación de servicio, tomando un café y viendo cómo atardece, en esta capital que por su arquitectura podría ser cualquier localidad del oeste bonaerense.

El dengue no afecta a Formosa, no más que en años anteriores, y en las mismas zonas pobres de siempre. Huelo a repelente, el One de Calvin Klein se pierde, se pierde y desaparece. La gente va y viene en bicicleta, en musculosa, y pantalones cortos, en motos, y autos, pero por acá sobre todo se ven motos y bicicletas, personas que caminan lento hacia algún lugar, de vuelta a sus casas, sin apuro. Decido que esta estación de servicios a dos cuadras del hotel de gendarmería en donde me alojo se constituye en mi base de operaciones durante las largas siestas de 3hs, entre la mañana y la tarde de actividades.

Más tarde, o mañana, sigo.

satélites XXVII

Por Dita-F

I

Me desperté y la casa estaba en silencio. Era de noche. Las luces estaban apagadas y no sabía por dónde empezar ni cómo había llegado hasta esa cama. Recordaba la discusión con L., con su valija en la mano, que quedé desorientada, y Amalia, la vieja con rodete gris me invitó a entrar. No sé qué cara tendría, porque la otra vieja, la de ruleros, se movía de un lado al otro del cuarto sin sacarme la vista de encima hasta que me senté. Amalia me había ofrecido algo, sí, algo de comer, algo de tomar. Estaba muy nerviosa y ya sé que no tengo que toma alcohol cuando estoy así, pero pensé que un licorcito, bueno, eso cuánto daño puede hacer. Habrán ido a buscar un médico. Recorrí la casa a oscuras. Abrí la puerta de calle y ahí estaba mi auto. Giré la llave y arrancó. Todas las cosas dejaron de importarme. Me puse en marcha de nuevo. Ya no era L., era yo, yo me estaba yendo sin saber adónde, yo me escaba sin saber de qué. Me dolía el estómago. No sé qué podría haber tenido ese licor, pero me sentía como si hubiera dormido dos días enteros.

II

Llamen a José. Sí, ya sé que está trabajando, no importa, llámenlo al celular, díganle que su madre está internada. No se sabe si es grave. Bien, que ni apenas llegue, venga para acá. Si Amalia reacciona, le dicen que su hijo ya está llegando. Gracias.

III

El mundo me pide coherencia, me exige cumplir horarios, vestirme como ciudadana. Y yo lo acepto, qué más se puede hacer. Es esto o estar abandonado a la suerte de quién sabe qué cosas podrían ocurrir si uno dejase de cumplir con lo que se espera que hagamos.

Me fui y volví. Dicen que los viajes cambian y que viajar para escapar es un error; no hay escape. No hay escape y punto. Ya preparo la cena, mi amor, termino de escribir y cocino. Eso, decía, no hay escape. ¿Pero y el cambio?

¿Y qué sería liberarse? ¿Hacia algún otro estado de conciencia? Otro paisaje no cambió las cosas que yo no puedo.

IV

Él sabrá que hacer.

V

Fue mágico. Nos miramos como si nos estuviéramos conociendo. Por qué antes no me parecía posible, no lo sé. Nos tocamos sin querer y yo no quería dejar de tenerlo cerca. Nunca más. El amor es cursi. Digo esto para darme permiso para poner en palabras qué siento cuando P. me mira y sonríe, y si el mundo se viniese abajo yo pediría seguir en sus brazos, en su sonrisa, que me mire, que me agarre y me acaricie, y me suelte y me vuelva a abrazar. Escuchar música juntos, mientras viajamos en colectivo, decir “me gusta el kiwi” y pelearnos por pelotudeces políticas, lo hago enojar, se enoja mucho conmigo, como con nadie en la vida, dice, y yo sonrío. No importa, después nos perdonamos todo, porque no podemos separarnos, no podemos, es más fuerte que nosotros, es estar así, saber que a la noche, pase lo que pase, nos vamos a dormir juntos, en silencio, a los gritos, con susurros. No importa, juntos.

Para esto volví.

ushuaia – buenos aires: fotos por celular

Por Dita-F

El viernes al mediodía terminé de trabajar. Estaba en una escuela, a unas diez cuadras de calle San Martín, es decir, diez cuadras arriba del centro.

bajando-al-canal Ya había dejado la habitación del hotel y mi avión salía a las 20.46hs. Mientras bajaba por calles con veredas que nos son veredas, sino más bien escalones, pedazos más o menos irregulares de tierra con piedras, maderas, y cemento –me imagino en invierno haciendo culopatín hasta el canal–, pensaba en cómo pasar la tarde.

Ninguna de las escenas de escritora torturada, sola, que café tras café, primero, luego con algo más fuerte, mata las horas de nada entre nadie me parecía buen plan, pero era lo único que se me ocurría, o peor, la única cosa que tenía ganas de hacer. Así llegué a Ramos Generales, café, lugar para comer, cerveza, etc. Estaban mis compañeros de trabajo. Comimos. Y nos fuimos de paseo, a Playa Larga, que no es playa, ni tiene arena, a menos que el nivel del Canal estuviera alto y no se viera.

playalarga

Playa Larga queda para el lado de Río Grande, pero ahí nomás, a $23 de taxi desde Ramos Generales. Estábamos los cinco que fuimos ahí parados, mirando sin poder abarcar el paisaje.

desdeplayalarga2

No hay lugar donde sentarse, sólo para estacionar autos.

playalarga41

Nos pareció que el camino terminaba ahí nomás, y en eso descubrimos la entrada a un bosque.

bosque

Algunas hojas entre rojo y anaranjado que anuncian el otoño.

conalgo-de-rojo

Y nada más. Caminamos, yo con tacos de botas altas de la reunión con la directora de una escuela, subí y bajé, pisé piedras, piedritas, y raíces de árboles.

subida

Hablamos poco; a veces me salía el acento cordobés que se me pegaba de dos de mis compañeras.

asomada

Después volví al hotel a buscar mi equipaje, tomé un café. Hice tiempo y al aeropuerto.

desde-el-hotel

Cola de una hora para el checkin. Desde mi primera visita, siempre me causó curiosidad el material de que está la mayoría de las casa: chapa y madera. Chaperío barato, en contraste con los autos último modelo de los fueguinos. Hacer cola produce a veces una suerte de intimidad con los vecinos. Así, por una arquitecta que viaja a Ushuaia para la construcción de un hotel cinco estrellas, cuyo dueño de paso compró el cerro donde está construyéndose el edificio, supe que el cemento no fragua con bajas temperaturas. Es necesario montar una carpa con calefacción para construir.

A la falla del sistema del checkin, siguió el avión con demoras y una escala improvisada en Trelew: avión con asientos vacíos no se desaprovecha. Llegué tres horas y media más tarde de lo previsto, a las 4.30 am.

El sábado, estado de nada, en medio de nada, con ganas de dormir, de morirme de la náusea de nada, de no saber dónde vivir ni qué hacer para que esa sensación de no estar en ningún lugar se pasara, quería que Buenos Aires, en fin… que fuera por lo menos esa ciudad que era para mí cuando me fui el lunes por la mañana. No hay consuelo para las boludas atormentadas. Así que no hice nada.

Ahora sí, no creo que vuelva a Ushuaia en mucho tiempo.

ushuaia – buenos aires día 3 ó 4

Por Dita-F

Estoy a una hora de tomar el vuelo a Buenos Aires. Estuve en Playa Larga, en un bosque, caminando con botas de tacos altos. No pensaba llegar hasta allí. Me insistieron y fui con lo puesto.

Estoy cansada, y desorientada, como después de cada viaje. Y no sé por qué cada vez que me voy de Buenos Aires, me da ese algo de querer irme, de estar más tranquila en otra parte.

No sé si es Ushuaia. Es raro imaginarse viviendo en la punta de un continente, tan lejos, tan lejos de todo, con tanta agua tan cerca de casa.

Ahora, los próximos pasos: tomar un taxi, check-in, cuarto de rivotril, volar tres horas, que con el cambio de horario dan cuatro, retirar el equipaje, taxi y llegar a casa. Casa.

Mañana o pasado, fotos.

ushuaia – día 3

Por Dita-F

Día tres, reconciliada con la isla. Un poco. Sol, un poco más frío, y recorridos por las calles angostas que suben y bajan y se curvan y vuelven a subir y bajar hasta el canal. Franceses por todas partes, algunos chinos y tres cruceros anclados en el puerto.

A la tarde, caminé por la zona del puerto, me di cuenta de que ayer no miré las montañas. Pero hoy vi el glaciar Martial desde el patio de donde estoy trabajando. Trato de imaginarme cómo será pasar un invierno, con pocas horas de luz natural, con sus calles cubiertas de barro de nieve: imposible caminar, porque casi no hay veredas.

El colectivo es caro: $1,80. Todos tienen autos caros, muy caros y nuevos, incluso si viven en casas con paredes de chapa o madera. Las casas parecen endebles.

Mañana será el último día de trabajo fuerte. Tal vez pueda recorrer un poco más.