tant pis pour moi

Puede sonar poético decir que escribo desde el desierto; tal vez una poética trillada y pasada de moda. Y al escribirlo, me doy cuenta de algo: esto no es el desierto. No es el desierto como metáfora de un lugar donde nada crece; tampoco es el desierto de ideas, porque ideas hay, pueden no gustarme pero hay ideas. No es tampoco el desierto como metáfora de la imposibilidad de la vida, porque en el desierto hay vida; y acá, que no es el desierto, también.

Pero la palabra desierto acecha.

No puedo dar las razones.

El desierto no es vacío, pero el vacío también acecha.

Es otra cosa que no sé qué es. Un sinsentido de correr para todos lados sin llegar a ninguna parte. De hablar y escuchar ochocientas palabras por segundo, en un segundo y darse vuelva, parpadear y que nada quede. Es la vidriera del espectáculo con mercancía a la venta al mejor postor. Es no saber dónde está la ley, donde la transgresión, la revolución, la sumisión.

Fachadas. Es la velocidad con que las fachadas parecen sucederse sin lógica, con consecuencias, que también caen en el olvido

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