satélites III

enero 16, 2008 at 5:40 pm Deja un comentario

Por Dita-F

1
Es inútil que intentes negarlo, ya no pensás en él, ya no interviene en todos tus diálogos, es otra cosa, se fue quedando chiquito, sin fuerza, por más que cada dos palabras lo nombres, ya no es lo mismo. Más viejos. Vos rogaste, muda, estabas ahí siempre, a la espera, muda, no llorabas, no reías y no te quejabas por no disgustarlo; o hablabas cuando creías que él te escuchaba, te hacías la misteriosa, movías la cadera cuando sentías su mirada, te vestías de negro, de rojo, según. Y qué. Después la cadera rígida para todo el mundo; todo tu calor le estaba destinado. A él, que no te miró ni una sola vez, yo te lo digo. Estúpida. No te registraba. No-te-mi-ra-ba.
Ahí tenés lo que te ganaste: te ignora como siempre, como si tal cosa. Y todavía te creés que sos alguien.

2
Pensé. Pensé que sería bueno volver después de tanto, verlo a él. Muchos años creí eso y siempre encontré buenas razones para no. Hasta que una tarde, cuando salía del trabajo lo veo parado en una esquina. Esperaba; el reloj impaciente, cara floja, cachetes llenos blancos y fofos, la espalda más estrecha, algo encorvada. No. Hombres, tiempo, calvicie. No. De golpe una mujer. Se ven, se saludan de lejos, sonríen. Él avanza hacia ella. Pasos largos. Se besan. Se alejan.

3
Salió. En realidad intentó salir. La puerta estaba trabada con algo: dos gatitos muertos en la puerta de casa. Envenenados. Pensó en la vieja de al lado; sí, era capaz, y sonrió. Pero no por la vieja, sino por el mail que le iba a escribir a V. contándole el crimen de la vieja, cómo iba a presentarle los hechos para que riera, él sabía cómo, claro que sabía, porque después de reír siempre se acomodaba el corpiño y ese movimiento a él le daba… ¿Eso lo podía hacer todavía? Escribirle un mail, sí, no estaba mal, después de todo, cinco años juntos, era algo normal, nadie sale de la vida del otro así como así, era comprensible, ¿no?

Sin querer y antes de terminar de masticar “todavía” una pierna suya adquirió un movimiento inesperado cuyo efecto fue su pie pateando el estómago de uno de los gatos. Se contuvo, verificó que no hubiera testigos. No, todo tranquilo. Entró a su casa por una bolsa de residuos. No hacía falta darles cristiana sepultura.

4
¿Te podrás callar? Estoy cansada de escuchar esta vocecita dentro de mi cabeza. Necesito silencio.

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