la santa

enero 29, 2008 at 9:07 am Deja un comentario

Por Dita-F

Ocurrió el 12 de mayo de 1972. Emilia Caamaño de Castro estaba en la clínica, sentada en el banco justo enfrente a la puerta de la sala de partos, esperando. Le habían dicho que no fuera porque quién sabe qué enfermedades podría contagiarse y ella, con ochenta y cinco años, “Emilia… mejor se queda en casa y nosotros le avisamos”.

Pero su bisnieta estaba a punto de nacer y nadie se animó a decirle no cuando la vieron con su sombrerito marrón, que hacía juego con la cartera, el prendedor en la solapa del tapado y los zapatos de salir. Además siempre hacía lo que quería.

Ya en la sala de espera, sentada al lado de ella, su hija Celia, con el rosario de nácar en la mano. El futuro padre caminaba como un loco. Miraba a la nada y decía “¿por qué tardará tanto? algo malo, ¿es normal? no, ¿será?”. Emilia lo tomó se la mano, lo hizo sentar y le ofreció un caramelo. Después, entrecerró los ojos. Ahora estaba en el barco, ahí nomás el río marrón, el puerto de Buenos Aires, que se acercaba, su padre la alzó y le dijo ‘vamos a estar bien’. No la volvió a bajar hasta que tocaron tierra. Allí los esperaba el tío Manolo. Quiero pan, dijo Emilia. El tío Manolo le dio un caramelo. Había barro por todas partes y ella no quería ensuciar su vestido azul. El viaje había sido tan largo. Los ojos se le habían cansado del mar que la rodeaba.

Abrió los ojos. No había podido convencer a la familia de que no venía un varón. En fin, la verdad no se dice, se siente; era una certeza y punto. Escribió listas de nombres, buscó significados. Primero pensó en Stella Maris, estrella del mar. Pero no quedaría bien con el futuro apellido de la niña. Hasta que por fin lo encontró. Entonces le dijo a su nieta que si tenía razón, ella elegiría el nombre. No la tomaron en serio.
El futuro padre fumaba. Su hija murmuraba:
– Oh Jesús que en la árida Patagonia hiciste brotar este lirio de pureza Ceferino Namuncurá
– Celia, basta de rezos. Ése no es santo.
– – y que alimentándolo con la Santa Eucaristía
– Es falso, de pobres, de indios.
– Encendisteis en su corazón ardores de Santidad y de apostolado
– Que eres inútil, mujer.
– Dignaos glorificarlo en la tierra y concédeme por su intercesión que el niño y la madre conserven la salud.
– Eso está bien.

Celia pidió un poco de respeto y apareció una enfermera, ‘no hay ningún problema, pero no quiere salir, le vemos la cabeza pero está trabado… caderas un poco estrechas… cabeza de huevo. Señor, apague el cigarrillo’.

Emilia le pegó un cachetazo a su hija, que empezaba a llorar. Todas flojas, se decía, Qué virgen, santitos, ni ocho cuartos… Había que esperar y era mejor esperar sin lágrimas.

A las dos horas, movimientos nuevos. Emilia se había dormido un poco. Salieron dos enfermeras a los gritos. Alegría que anunciaba la buena nueva: la nena nació; la llamaron Ema. La madre estaba bien. El parto había sido difícil, pero Ema no tuvo cabeza de huevo. Celia le agradecía a Ceferino y el sanatorio se revolucionó por el milagro del bebé perfecto.

Todo empezó con un comentario liviano, entre dos enfermeras viejas que limpiaban al hombre de la habitación 314: ‘diez horas de trabajo de parto, todos esperábamos un monstruo y nació un angelito de Dios’, dijo una.‘Es una señal’, dijo la otra, ‘mirá que tengo años acá adentro, nunca vi algo igual’…
El de la 314 se lo contó a su hermana, la hermana a su cuñada, las dos hicieron la señal de la cruz y corrieron a ver el milagro. En los pasillos del hospital se iba corriendo la voz; las señales de la cruz se multiplicaban como un espasmo contagioso. En el cuarto piso habría unas doce mujeres reunidas en grupos de dos o tres. Estaban indecisas, con los pies clavados al piso. De repente una, la más vieja, dijo en voz alta ‘ver para creer’, otra dijo ‘hay que ir a la nurserie’. Hubo acuerdo general y la asamblea se hizo procesión.

Cuando llegaron a la nurserie, había otras cuatro mujeres que miraban sin ver la cuna 11. Al rato ya eran veinticinco. Una aseguró que le había rezado al bebé y a su hija le había bajado la fiebre. Dijeron ‘milagros’ y ‘amén’ y empezaron a rezar una novena a ojos abiertos para no perder detalle. La nena dormía cubierta por una sábana blanca.

La familia no se enteraba de nada; todos menos Emilia estaban con la madre. Antes de dejarla sola, su hija le reprochó que fuera una nena.

Al fin sin la molestia de la familia Emilia fue a conocer a su bisnieta. En el ascensor, otra imagen, Emilia con 12 años. En la tina, agua a penas caliente, jabón sin perfume, cuerpo sumergido, pelo recogido. De golpe, el agua se tiñó de rojo. Se quedó quieta, casi sin respirar. Buscó heridas, pero no tenía nada. Se puso de pie, se cubrió con una toalla y llamó a su madre. La madre entró. ‘Nada de escándalos’, le dijo, ‘que ahora eres mujer’. Le mostró un paño blanco de algodón, le enseñó a doblarlo hasta formar un rectángulo. La ayudó a enjuagarse, le colocó la trusa con el paño. La madre reía, “te has ganado tu bandera comunista, a aguantarse”; Emilia quiso llorar pero se aguantó, ‘a cambiar la cara que no aquí hubo muerto ni entierro’. Esa había sido la última vez que su madre le había puesto la mano encima.

La puerta del ascensor se abrió en el cuarto piso y Emilia Caamaño de Castro vio el séquito de mujeres murmurando. Se abrió paso, entró en la nurserie. Llegó a la cuna de Ema. Pidió que la pusieran en sus brazos. Las mujeres hicieron silencio: la nena era pelirroja y abría los ojos: parecía mirarlas.

Una de las mujeres pegó la nariz al vidrio. Y todas quisieron imitarla. La ventana de la nurserie quedó cubierta de ojos y bocas y manos y vientres aplastados y crucifijos. La cara de Ema se puso roja. Estalló un grito agudo de garganta nueva. Una de las mujeres se tapó los oídos; otra dijo ‘es una maldición’. Ema lloraba cada vez más fuerte; los demás recién nacidos se le unieron. Las de afuera huyeron lanzando avemarías y Emilia sonreía satisfecha y supo que por fin podía morir en paz.

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