satélites XXVII

marzo 13, 2009 at 12:54 pm 1 comentario

Por Dita-F

I

Me desperté y la casa estaba en silencio. Era de noche. Las luces estaban apagadas y no sabía por dónde empezar ni cómo había llegado hasta esa cama. Recordaba la discusión con L., con su valija en la mano, que quedé desorientada, y Amalia, la vieja con rodete gris me invitó a entrar. No sé qué cara tendría, porque la otra vieja, la de ruleros, se movía de un lado al otro del cuarto sin sacarme la vista de encima hasta que me senté. Amalia me había ofrecido algo, sí, algo de comer, algo de tomar. Estaba muy nerviosa y ya sé que no tengo que toma alcohol cuando estoy así, pero pensé que un licorcito, bueno, eso cuánto daño puede hacer. Habrán ido a buscar un médico. Recorrí la casa a oscuras. Abrí la puerta de calle y ahí estaba mi auto. Giré la llave y arrancó. Todas las cosas dejaron de importarme. Me puse en marcha de nuevo. Ya no era L., era yo, yo me estaba yendo sin saber adónde, yo me escaba sin saber de qué. Me dolía el estómago. No sé qué podría haber tenido ese licor, pero me sentía como si hubiera dormido dos días enteros.

II

Llamen a José. Sí, ya sé que está trabajando, no importa, llámenlo al celular, díganle que su madre está internada. No se sabe si es grave. Bien, que ni apenas llegue, venga para acá. Si Amalia reacciona, le dicen que su hijo ya está llegando. Gracias.

III

El mundo me pide coherencia, me exige cumplir horarios, vestirme como ciudadana. Y yo lo acepto, qué más se puede hacer. Es esto o estar abandonado a la suerte de quién sabe qué cosas podrían ocurrir si uno dejase de cumplir con lo que se espera que hagamos.

Me fui y volví. Dicen que los viajes cambian y que viajar para escapar es un error; no hay escape. No hay escape y punto. Ya preparo la cena, mi amor, termino de escribir y cocino. Eso, decía, no hay escape. ¿Pero y el cambio?

¿Y qué sería liberarse? ¿Hacia algún otro estado de conciencia? Otro paisaje no cambió las cosas que yo no puedo.

IV

Él sabrá que hacer.

V

Fue mágico. Nos miramos como si nos estuviéramos conociendo. Por qué antes no me parecía posible, no lo sé. Nos tocamos sin querer y yo no quería dejar de tenerlo cerca. Nunca más. El amor es cursi. Digo esto para darme permiso para poner en palabras qué siento cuando P. me mira y sonríe, y si el mundo se viniese abajo yo pediría seguir en sus brazos, en su sonrisa, que me mire, que me agarre y me acaricie, y me suelte y me vuelva a abrazar. Escuchar música juntos, mientras viajamos en colectivo, decir “me gusta el kiwi” y pelearnos por pelotudeces políticas, lo hago enojar, se enoja mucho conmigo, como con nadie en la vida, dice, y yo sonrío. No importa, después nos perdonamos todo, porque no podemos separarnos, no podemos, es más fuerte que nosotros, es estar así, saber que a la noche, pase lo que pase, nos vamos a dormir juntos, en silencio, a los gritos, con susurros. No importa, juntos.

Para esto volví.

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  • 1. Javier  |  abril 7, 2009 en 12:36 am

    al fin otro satélite

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