satélites

Satélites es una serie de fragmentos: no sé si forman parte de algo más. Empecé a escribirlos el 2 de enero de 2008. Aquí, el índice y extractos de cada entrada.

Por Dita-F

I
23 de julio de 2007. Suena el teléfono: recibí los datos, pero no su celular, ¿cuándo lo podrás conseguir? No, no me sirve, rebota, es viejo. Antes. No sé, es tu problema, movete. No, te dije que no voy a levantar un dedo, googleala… Caminá por el barrio, preguntale al portero, no se la puede haber tragado la tierra. Hablá con su tía, con su primo, me da igual, pero me la conseguís, ¿ok? Y otra cosa, ni se te ocurra nombrarme, ¿te quedó claro? No sé, inventá algo. Mañana a las 8 y si no, no vuelvas a llamar porque plata no vas a ver ni un peso. sigue…

Por Dita-F

I
Ella tendría dieciséis, él veintitrés. Estudiaba para ingeniero y ya estaba perdiendo pelo. El romance duró algo más de un año y un día ella no lo quiso ver más. Bajaban por las escaleras; él decía unas últimas palabras que no arreglaban nada y ni siquiera servían para decirse adiós y para siempre. Antes de llegar a la calle él se le tiró encima; beso último, último beso. Forcejearon, ella tomó distancia y lo miró con ojos vacíos de todo, sin entender, y él se ganó una patada en las pelotas. Ella subió corriendo las escaleras. sigue…

Por Dita-F

1

Es inútil que intentes negarlo, ya no pensás en él, ya no interviene en todos tus diálogos, es otra cosa, se fue quedando chiquito, sin fuerza, por más que cada dos palabras lo nombres, ya no es lo mismo. Más viejos. Vos rogaste, muda, estabas ahí siempre, a la espera, muda, no llorabas, no reías y no te quejabas por no disgustarlo; o hablabas cuando creías que él te escuchaba, te hacías la misteriosa, movías la cadera cuando sentías su mirada, te vestías de negro, de rojo, según. Y qué. Después la cadera rígida para todo el mundo; todo tu calor le estaba destinado. A él, que no te miró ni una sola vez, yo te lo digo. Estúpida. No te registraba. No-te-mi-ra-ba. sigue…

Por Dita-F

I

Nadie dijo que tenías que salir corriendo como si te hubieran expulsado. ¿Por qué lo hiciste, entonces? ¿Creíste que tu vida corría peligro? No, no es cierto. Nadie te amenazaba, ¿o sí? ¿Por qué no te diste vuelta al menos una sola vez para mirarme a los ojos y entender, por fin, que nunca pero nunca, te vas a poder alejar de mí? Hubieras ahorrado mucho tiempo y esfuerzo y palabras y sonrisas. Derroche de todo lo que ahora lamentás no tener. sigue…

Por Dita-F

I
Sentarse y esperar, o hacer cualquier cosa y esperar. No puedo recordar las palabras exactas que dijo justo antes de despedirse. Si hubiera sabido que iba a pasar tanto tiempo sin volver a verla habría prestado más atención. Mi memoria… no sé por qué me acuerdo de tantos detalles y lo que en verdad necesito tener presente se me escapa. Dijo: ‘Después de todo la pasamos bien’, o ‘Bueno, después de todo no la pasamos tan mal’, o ‘Bueno, después de todo ahora no estamos tan mal’ y agregó algo más, y era importante porque inmediatamente tuve que desviar la vista hacia la biblioteca para calmarme. sigue…

Por Dita-F

I

Seguí sus pasos hasta el Abasto. No recuerdo bien en qué estaba pensando; un cartel de clases de tango para turistas, olor a basura de verano, peruanos en una puerta, gente con bolsas de aquí para allá. Serían las siete de la tarde. Llegué a la dirección que tenía y toqué el timbre. Voz de mujer del otro lado, pero no era ella. Inventé una historia de ropa del lavadero sin retirar y logré que la mujer bajara a verme. sigue…

Por Dita-F

I

Un tiempo en que nada parece ocurrir. Estás parada en una esquina, dos avenidas, una hacia el río y al oeste, la otra al sur y al río. Te dirigías a la casa de tu madre, pero el semáforo te dio paso y no cruzaste. Una mujer se te acerca, se detiene al lado tuyo, te mira. Cambia el semáforo y se va. Tu cuerpo, pesado, aletargado, demorado. Buscás un punto de apoyo para provocar el movimiento: tocás un poste de luz, flexionás los brazos apenas y te balanceás. “Une souris verte, qui courrait dans l’herbe”, canción infantil en tu cabeza; ahora pasitos cortos. sigue…

Por Dita-F

I
El teléfono suena; P. no contesta. Está caminando del baño a la habitación. Abre el diario de L. Ella no va a volver por un largo rato. Se sienta en la cama y lee:
17.01.06. Ayer me fui con lo puesto. Salí como todos los días, tomé el colectivo, me bajé en la parada de siempre, para ir al trabajo. Llegué al kiosco, compré cigarrillos. Encendí uno, me senté en el escalón de la entrada de una casa blanca. No podía más. Hasta ahí había llegado; no quería volver a escucharlo. Pasaron cinco minutos, me puse de pie y caminé hasta el banco. Retiré todo el dinero y cerré la cuenta. sigue…

Por Dita-F

I
Ahora tiene que empezar la ruta. Todavía no, hay casas. Estamos en la ruta y hay casas. Todavía no salimos al campo. Casas pobres, la mayoría, pero las villas ya quedaron atrás, también los ríos de basura. Ahora un camión que transporta combustible nos intenta pasar, el micro se hace a un lado, no hay suficiente espacio para los dos, el camión nos pasa muy cerca, veo las letras azules del cartel, enormes, a la altura de mi cara, pegadas al vidrio de la ventana, muy cerca casi nos toca. Los que estamos a la derecha aguantamos la respiración. Parecía que ya pasaba y en el último movimiento el tanque apenas roza una ventana, tres asientos más adelante que el mío. sigue…

Por Dita-F

I
Esperamos tres horas en un café al costado de la ruta. Pedí un café con leche, encendí un cigarrillo. Los otros pasajeros comentaban el incidente; cada vez parecía más grave, lo habitual. Quieren sangre. O es teatro. El teatro de los débiles que sólo pueden pagar protagonismo al precio de sus vidas, una mano, un brazo, un riñón estropeado o un niño mutilado. Buenos señores, aquí no ha pasado nada. Les concedo, tal vez un poco más que nada; no lo suficiente como para salir en los diarios. Apuro ese líquido que pretensiosamente llaman café y salgo a tomar aire. El sol baja. Baja, baja. Desaparece. Nos dicen que nuestro micro de reemplazo ya salió de la Terminal; llegará en dos horas. sigue…

Por Dita-F

I

El paisaje se abre. Llanura. Ya casi no queda luz; el micro avanza. Mi respiración empieza a ser más liviana a medida que el micro come kilómetros de ruta. Es la primera vez en meses que estoy tranquila. Futuro y pasado suprimidos. Hasta aquí soy. Yo existo en un límite, justo en el límite entre ser y no ser. Hasta aquí. Aquí estoy. Atrás Buenos Aires, adelante nada. sigue…

Por Dita-F

I

Serían las 8 de la noche. L. iba por av. Corrientes, había salido del subte y estaba por cruzar Uriburu. Ella recordaba sus días anteriores como una sucesión de momentos intrascendentes en que nada parecía ocurrir. Ir al trabajo, volver del trabajo, pagar cuentas, vestirse, desvestirse; el teléfono de su casa mudo, reunirse con gente que no le interesaba; sostener conversaciones que no iban a ningún lugar. Puro derroche de tiempo. Creía que todo estaba así desde que había vuelto de las vacaciones, dos meses antes. Hasta que sonó el teléfono y era J.: la invitaba a ver una película. Ahora cruzaba Uriburu y J. estaba sentado en su sillón. Escribía fragmentos de su día en un cuaderno de hojas rayadas y tapa blanda. sigue…

Por Dita-F

I
Sacrificio. Una mujer se va, otra se queda. Una huye, la otra la sigue de cerca. Alguien dijo que una de las dos debería morir.

II
Ya es de noche. Pido un vaso de vino de la casa. Este lugar es una mancha de luz en medio de la nada. El mozo tiene una de esas caras de ver todo y no hacer preguntas. Su gesto no acusa, pero en la conciencia algo pesado; no lo puedo mirar a los ojos. sigue…

Por Dita-F

I
Estás sentada en el escalón de la puerta de entrada del bar. Sospechosa. El resto de los pasajeros está adentro; se protegen de la noche. Vos no. ¿Por qué será? Baja el sol y tus ojos descansan. Por fin se abren bien, ya no parecen tan rasgados. Es más, todos los músculos de la cara se relajan. El micro en que venían, inservible, a un costado. Unos perros rascan el piso a 2metros de vos. Pensás que tal vez te pique alguna pulga. Hay cosas peores, claro, pero igual te alejás un poco de los animales. ¿A quién habrás salido tan alérgica a las picaduras? Si estuvieras en Buenos Aires, ahora te estarías muriendo de calor. sigue…

Por Dita-F

I

Abro la boca. Algo oscuro quiere salir, pero no encuentra el paso libre. Detenerse antes de lastimar a alguien, las palabras dichas no pueden ser retiradas. Asentir por costumbre y luego darse cuenta del error no soluciona nada, empeora; pero la negación como política de intervención sistemáticamente aplicada… sigue…

Por Dita-F

I

Yo que sueño mundos imposibles de juegos infinitos y de caramelos dulces dulces, estoy ahora, al costado de un camino que no sé adónde me lleva. Al costado de una ruta, abandonada, olvidada, el sentido se me escapa como el humo del cigarrillo que ya no fumo y, también, fue olvidado tan pronto. Ahora, otra pieza de un rompecabezas de colores ha saltado y dejó un agujero que no sé con qué llenar. Me da miedo que todas las piezas comiencen una por una a saltar por el aire. Que por un momento, sólo un breve momento, bailen, hojas de un árbol de colores. Entonces me esfuerzo por retener lo poco que queda, que las imágenes aun fragmentadas no pierdan sus dientes, que la boca se reconozca y pueda decir el nombre de quien pertenece. sigue…

Por Dita-F

I
En la cocina, preparar un té y sentarse a leer. Llenaste la pava con agua. No encontrabas los fósforos para encender la hornalla. Cuando los encontraste, pusiste la pava al fuego y con tu mano izquierda rozaste un plato mal ubicado; cayó y se hizo pedazos. Te quedaste inmóvil. No era grave. Uso diario, plato marrón traslúcido de décadas atrás. Lo que en verdad te molestó fue la idea de dar explicaciones. Se suponía que era irrompible, ¿no decía eso la publicidad? Irrompible y tiraban un plato y no pasaba nada.
sigue…

Por Dita-F

I
La mano se despega de la cadera. La empujan; cuerpo al asfalto. Patada en las costillas. Falta el aire, se recupera. Intenta ponerse de pie. Dolor en el ojo izquierdo, sangre en la nariz. Recibe una piña en el estómago; cuerpo doblado y otra vez nariz al asfalto. El agresor busca algo más contundente; confiado, deja de mirar el cuerpo de la mujer, tendido en el piso. La mujer lo nota, se pone de pie, duele tanto, casi no respira, trata de correr, pero la agarran del pelo, tira, se suelta, y ahora sí, empieza a correr, la sigue, corren, dobla en la esquina, ella encuentra un bar, luz, puerta abierta sigue…

Por Dita-F

I
No puedo decir que estoy preocupada; extrañada, sí. En la ruta, cada tanto algún auto, siempre en dirección contraria. En la radio, todavía de noche, música, pocas palabras, nada de información. Recién me doy cuenta: tampoco se habla del clima. Ruido blanco; ahora tampoco hay FM, estoy en el medio de todo. De a ratos pongo la AM, la de Buenos Aires sigue…

Por Dita-F

I
Son las dos de la tarde. Encontré un bar al costado de la ruta, frente a una estación de servicios. La AM de Buenos Aires dice que el cielo del Sur está gris. Y es cierto. Gris. Viento. Que el nivel del mar comenzó a subir más de lo usual. Viajo hacia el oeste, hacia la cordillera. Bajo la velocidad y me desvío hacia la derecha, entro en la estación de servicio a cargar nafta. Sale un viejo. Me da los buenos días con acento del norte. Le pregunto de dónde; de Santiago del Estero. Me pregunta adónde voy y no sé qué decirle. Lleno el tanque, dice que va a haber tormenta en un rato, que mejor que pare ahí hasta que pase. Y sí, qué apuro tengo. Miro el celular, sin señal. sigue…

Por Dita-F

I
Y desaparecieron todos los detalles, los tonos de su voz, esa postura del cuerpo que él asumía sin darse cuenta arqueando un poco la espalda, bajando los hombros, abriendo demasiado los ojos; una posición de estar alerta, dispuesto a atacar de un momento a otro, atento al menor cambio de ella, agazapado; desaparecieron las sillas de madera, la superficie lisa y suave de la mesa, los ruidos de la cocina de los vecinos, el olor a pollo al horno del mediodía y el cuerpo de ella también a la espera; sigue…

Por Dita-F

I
Ya no tiene sentido que sigas acá. Eso me dijo. “No tiene sentido porque habló”, y después agregó, “bien, estabas bien encaminada”, como si eso fuera lo mismo que haberla encontrado; no, no, no, ella se “entregó”. ¿Por qué?
Yo no había tenido nada que ver. Casi. Pero no. Se me adelantó. Casi la encuentro. “¿Querés que la ubique igual, que la vea y le diga algo?”, y él pensó. Un momento. Después agregó: “No, si te quedás, es por las tuyas”. Sigue…

satélites XXIII

Por Dita-F

I
Tal vez ella quede en pie cuando todo lo demás vaya desapareciendo. Con un poco de suerte se despertará a tiempo para escuchar por última vez el ruido de una llave que cierra una puerta. Y después la intemperie. Vestida de negro, pasos demorados, irregularidades del asfalto estallado, derretido, ondulado, después la tierra negra, dura, reseca, quebrada. Tal vez se detenga y quiera mirar lo que deja atrás; pero no, mejor el recuerdo de lo que fue; una ciudad sin límites imaginables, con millones de personas apuradas por llegar a ningún lugar sigue…

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